Quién nos ha visto y quién nos ve. Cambia el río de la vida pero nuestros duendes interiores permanecen agarrados a la fuerza de la costumbre. Y conste que la costumbre, para todo andaluz de pro, es significación del propio ser. Ahora los cofrades regresamos a la envergadura del rito. Y lo hacemos como sobrellevados por la ventolera de la mejor de las voluntades: la nuestra. La individualizada según los registros de la real gana. Los cofrades, confesémoslo, hacemos lo que nos da la real gana. Es la nuestra una libertad muy monárquica. Muy de obediencia a su Divina Majestad pero también muy anárquica de corrientes unilaterales. Nos debemos a las reglas de la cofradía, cuyas ordenanzas cumplimentamos a rajatabla, pero sin embargo esculpimos el correlato de la independencia. De la independencia individual. Y no corporativa, porque desgraciadamente algunas instituciones pierden el fuelle de su solidez en la politización de sus mandamases. En la radical subordinación tontamente soslayada. Le decía yo el otro día a mi hermano mayor que Jerez es como los buenos pueblos: que tampoco somos tantos y todos nos conocemos. Pues eso ocurre con la subordinación a la política de algunos mentecatos que aprovechan el betún del cargo para arrogarse dividendos profesionales. Nunca la máxima representatividad cofradiera coligió el replanteamiento de innúmeros intereses subrepticios. Y como pagan justos por pecadores, aquí la colectividad recibe el varapalo del demérito del mandatario. Quiere decirse que a hermano mayor enchufado en la nómina consistorial, hermandad que será tildada de política. La parte manchó al todo.
Antaño hablábamos de la política de las hermandades. Hoy lo hacemos de las hermandades de la política. Dos conceptos diferentes pero no contrapuestos. Las hermandades de la política, aquellas que cargan con el sambenito de las afanes del capitán de navío con el plumero de la contratación en el Ayuntamiento al aire, pueden originar política en sus hermandades. Y entiéndase política en sus hermandades como las trifulcas electorales que a partir de entonces definirán los comicios a hermano mayor. Porque tan honroso cargo ya se identifica directamente con el chollo del siglo. Antes las hermandades no eran sino el camino más cortito para llegar a Dios. Ahora las hermandades son el camino más cortito a sabe Dios qué ganga profesional para su cabeza de serie.
Las tornas cambian bárbaramente. Camilo José Cela, con sus garras de oso viejo y su voz engolada de pontificios, reclamaría ahora que alguien debería poner coto a estos desmanes. Para mí que nuestras instituciones penitenciales no han de perder en este sentido su dignidad. Y puesto que la esperanza jamás estará extraviada por los cofrades –entre otras porque suena a prodigiosa advocación mariana–, al menos que la dignidad permanezca en su púlpito inalcanzable. Las hermandades politizadas miran al becerro de oro de su galimatías conceptual. Kant ofrece una definición suprema de dignidad: “La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo; porque sólo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así pues, moralidad y humanidad, en cuanto que ésta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad”.
Cuidado con los movimientos de nóminas en juego. Cuidado con tirar del hilo de la cometa de las varas doradas. Cuidado con la semántica del advenimiento bajo cuerda. Las hermandades, por viejas y por sabias, también poseen el don de la dignidad. Y recuerden algunos hermanos mayores que de la dignidad al descrédito sólo media un paso. Y no de palio precisamente.
Marco Antonio Velo
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Fuente:
Información de Jerez