Dicen, que sin pasado no hay futuro. El presente por tanto, se compone de lo uno y de lo otro. Tan importante es aceptar de dónde venimos, como saber a dónde vamos.
En esta sociedad, llamada por algunos/as postmoderna, está –nos guste más o nos guste menos– en continua construcción, lo que nos lleva inexorablemente a estar permanentemente en movimiento, produciéndose, en algunos casos, un lógico desasosiego.
Todo/as necesitamos de vez en cuando pararnos y reflexionar sosegadamente ante lo acontecido. Paradas que deben servir, para coger aliento y seguir caminando como nos dice el poeta “golpe a golpe y verso a verso”, esto es la vida y así hay que aceptarla.
La Semana Santa nos recuerda un acontecimiento que pasó hace miles de años y que cimentaron nuestra realidad, estando seguro que lo seguirá haciendo en el futuro, porque, como les decía antes, está en nuestro presente. Pero no nos confundamos, nuestro presente es el que se está produciendo en estos momentos con sus dificultades, anhelos e inquietudes. Nuestra sociedad es la que es, aceptarla es el primer paso hacia el futuro. Vivir del pasado es aferrarse a una realidad que no volverá. Los acontecimientos se viven de manera diferente en cada época. Por ello, es importante situarse en nuestros días. Sólo así, calará en nuestras vidas, cual si de una llovizna se tratara, casi sin darnos cuenta.
Año tras año, contemplamos los magníficos pasos que procesionan en nuestra ciudad. Cultura para algunos/as. Fe, para otros/as. Ambas nos deben llevar a lo nuclear, que no es otra cosa, que Jesús de Nazaret. Olvidarlo, nos puede conducir a vivir hechos y acontecimientos que nada tienen que ver con su mensaje. La belleza plástica de nuestros pasos, realizada por magníficos imagineros, perdería todo su valor si no somos capaces de ver más allá de lo que representan las santas imágenes. Quedarnos en la policromía, nos impedirá sentir y vivir el gran misterio de Cristo; su muerte y resurrección. No vivir este misterio, significará dejar de percibir que a nuestro lado, junto a nosotros, tenemos hermanos/as que nos necesitan. Personas que día tras día, recorren su particular Vía Crucis. Son sin duda algunas las otras carreras oficiales. Carreras que en muchos momentos del año nos olvidamos de ella, como si no quisiéramos ver, como si no quisiéramos entender.
Los que estamos conmovidos por nuestra fe, no debemos ni podemos caer en la tentación de apartar nuestra mirada, cuando ante nosotros se presentan esos otros rostros, teniendo no sólo la obligación, sino lo que es más importante, la imperiosa necesidad de ver en ellos a Cristo crucificado, consecuencia de un mundo injusto e insolidario, construido por la mano de los hombres y las mujeres, también de los cristianos/as.
Cuántas veces hemos pasado de largo ante el hermano caído que nos tiende la mano en busca de escucha, comprensión, cariño y afecto. Cuántas veces nuestras propias miserias nos impiden ver en ellos a Jesús. Cuántos miedos nos asaltan para no ver en ellos a quien con tanta devoción veneramos.
Amar como Él nos amó, es estar junto a ellos. Es, morir por ellos. Sólo así, seremos capaces de ver la luz de la resurrección. Sólo así, seremos capaces de recorrer con ellos sus particulares carreras oficiales, en la que no existen palcos para ver, sino caminos para recorrer.
José Manuel Jiménez
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Fuente:
Información de Jerez