A mí me gusta la Semana Santa. Por mi calle pasan algunas hermandades y, decoro los balcones con reposteros, me coloco el traje oscuro los días grandes (si es que hay algún día chico) y recibo en mi casa a algunos amigos y familiares para tomar una copa y comer algo entre paso y paso. Pero hay algo en la actual Semana Santa que no termina de gustarme: me agobian los palcos, aunque reconozco que es más agradable ver pasar los cortejos sentados cómodamente que recibiendo pisotones en cualquier calle.
Comprendo también que haya una Carrera Oficial y que estén regulados casi al segundo los horarios de salidas y entradas de las hermandades. Sin embargo, me gustaba el cierto desorden de hace unos años: le daba frescura y no le quitaba seriedad. Me gustaban los olores propios de esta época, y no me refiero al tan traído del azahar, que también. Me gustaban los olores que salían de los obradores,. Hace pocos años en Jerez había varios en el casco histórico Y de las cocinas de los conventos. Cada época tenía sus olores y sus sabores. Si olías a pestiños, es que la Nochebuena estaba a la vuelta de la esquina. Y si veías limpiar y adecentar las heladerías El Salón Italiano o La Polar, es que se acercaba el Domingo de Ramos. No hacía falta calendario. Hoy todo se ha trastrocado y ni con un almanaque estamos seguros de en qué época del año estamos. Pero a lo que iba, aquí es impensable la tradición de un pueblo del Principado de Asturias en donde sacan a la Virgen del Carmen llueva o ventee o haga un sol de justicia. Ahora, eso sí, si llueve se dirigen al mar y al grito de ¿No querías agua? Pues toma agua. Y la arrojan al mar. Y en Arcos de la Frontera hay, hace unos años las había, calles por donde las imágenes corren riesgo serio de dar con pasos y todo en el suelo por culpa de la cera derramada por los penitentes en las calles más empinadas. El público grita, jalea o se lamenta dependiendo del resultado final. Y en Rota salía el Nazareno la madrugada del Viernes Santo. Salía pero nadie sabía por donde ni a qué hora se iba a recoger. Los hermanos no tenían reparos, al pasar por algún tabanco, en aparcar la sagrada imagen y dedicarse a degustar nuestros riquísimos caldos. Y, no me puedo olvidar de la romería del Rocío: el salto de la reja, recorrido sin horario por las calles de la aldea y la incógnita de la hora de su vuelta al templo, hasta que lo acaben regulando y hasta que les den por asfaltar las calles.
Y en Jerez tuvimos las míticas y escandalosas, cuentan nuestros mayores que las vivieron, recogidas del Prendimiento o las salidas del Cristo de la Expiración por las calles de nuestra ciudad durante la República, porque los hermanos decían refiriéndose al Cristo que Este es también republicano a los republicanos que intentaban que la hermandad volviese a su ermita por estar prohibidas las manifestaciones religiosas por las autoridades civiles. También de esta imagen me contaban hace unos días que más de una vez tuvo que ser devuelta a su ermita por la Guardia Civil, porque sus hermanos se habían dedicado, quizá con exceso, a parar en todos los tabancos que llenaban las calles de su recorrido. Y a principios de los ochenta las jovencitas, yo las he visto y oído, le gritaban a un popular crucificado guapo y bonito y queremos un hijo tuyo.
Así que aquí estamos y volveremos a salir una vez más a ver nuestros cortejos. Este año, al llegar a la Plaza del Arenal, encima, no sabremos donde nos encontramos porque no vamos a dar con el tabanco El Nono, y no es porque lo tapen los nuevos palcos allí instalados. No, es porque nos lo han cerrado y han derribado el edificio donde se encontraba.
Fuente:
Diario de Jerez