PARA unos este santo de largo e infrecuente nombre era el esposo de las Bodas de Caná, pariente de Jesucristo. Para otros fue el organizador del banquete, el maestresala o el jefe de comedor, de ahí su nombre derivado de triclinium, comedor para los griegos y romanos. Tanto si era el esposo como el jefe del triclinio, mereció ser elevado a santo por haber probado el vino milagroso que Jesucristo, ilustrísimo invitado, a instancias de su Madre, hizo nacer del agua. Debió ser lo segundo, porque san Marcial, el muchacho que sostuvo la toalla del lavatorio de pies y sirvió la Santa Cena, se lo llevó con él a las Galias, a Limoges, cuando los personajes que habían visto la injusticia de la Pasión decidieron abandonar Palestina, tierra que mataba a sus profetas y aun a su Dios. Austricliniano fue uno de los setenta y dos discípulos de Cristo, como san Marcial, que estuvo en la Vía Dolorosa, sostuvo a la Virgen María en uno de sus desmayos y vio de lejos la muerte del Señor por temor a los romanos.
Arrepentido de su cobardía, supo que san Marcial, más joven, había recibido de su primo san Pedro, el más notable negador arrepentido del Maestro, un báculo milagroso para evangelizar las Galias. Pidió acompañarle y se pusieron en marcha. Por el camino enfermó Austricliniano por agotamiento hasta morir. San Marcial lo sintió sin desconsuelo, pues ya había sido causa de problemas por su afición al vino; pero recordó que era testigo del milagro de las Bodas, de la muerte de Cristo y había sostenido en sus brazos a la Corredentora del mundo, y que él era portador de la reliquia petrina, recibida de propia mano del primer papa: puso el báculo papal sobre el cuerpo muerto de su compañero de viaje y lo resucitó. Ya en Limoges, san Marcial fue proclamado obispo por decreto de san Pedro, pero antes de establecerse definitivamente en Limoges había fundado otras iglesias en Arlés, Lyón, Burdeos o Poitiers. Los pleitos entre todas ellas para obtener la primacía sobre las demás fueron luego famosos. Austricliniano vivió siempre con san Marcial ayudándole en todo. No parece que tomara órdenes religiosas, sino que su dedicación fue la prosperidad de la diócesis: enseñó a cultivar la vid y obtener buenos vinos, puso en cultivo muchas tierras insalubres, enseñó los primeros rudimentos de los famosos esmaltes de Limoges, según los había visto hacer en Oriente, trazó caminos y espantó el hambre de la región y procuró siempre que a los pobres no les faltara trabajo y comida. Nada de esto le dio patronazgos, sino el de una buena muerte. Anciano y moribundo, recibió la visita de Jesucristo y de la Virgen para transportar su alma a las eternas Bodas del Cielo. Ante san Marcial lo proclamaron hombre bueno que había pasado por la vida discretamente haciendo el bien.
SANTOS PASIONALES por Francisco Bejarano
Fuente:
Diario de Jerez