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jueves, 05 de abril de 2007
Publicado por Tiniebla @ 14:13 | Opinión
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N circunstancial diálogo al cumplir un trámite administrativo me llevó de la simple cortesía a incidir en temas de los que importan.

Era una oficina atendida por dos mujeres, una jovencilla, la otra madura y pletórica. A las dos correspondía hacer una serie de preguntas en el desempeño de su cometido. Después del acoso de oficio, se me ocurrió decir, a la segunda de ellas, con el afán de hablar de algo más sustancioso, ¿puedo yo preguntar? ¿Eres persona de práctica religiosa? La contestación fue afirmativa y decidida: por supuesto... A poco del nuevo, diálogo me dijo: Los curas tenéis que cambiar. Tenéis que hablar de lo que interesa a la gente, tocar los temas que están en la calle y nos afectan a todos. Cuando acompaño a Misa a mi madre, a una iglesia del casco antiguo, me distraigo en las predicaciones y, sin darme cuenta, me encuentro considerando qué bonita es esta imagen, o la otra. Mi interlocutora hablaba como pensando en alto. Hablaba como desde su feliz experiencia de la vida; era un planteamiento sereno, bienintencionado. Añadió después una visión panorámica de cómo en algunos templos la mayoría de los fieles son personas mayores y solo hay algunas más jóvenes con niños de los que todavía obedecen, o sea, poco futuro.

Verdaderamente, si los sacerdotes no transmitimos una vivencia religiosa personal al cumplir nuestro ministerio no llegaremos a la gente. Nuestra unión con Dios y nuestra cercanía con los demás deben fundirse en una verdadera unidad de vida, que ha de configurar nuestra personalidad sacerdotal. Ni podemos ser sólo una especie de profesores especializados en ciertos temas, ni unos gestores que animan a otros a colaborar en una empresa interesante. Hemos de ir más lejos, es más hondo nuestro papel. Tenemos que llevar un mensaje luminoso para los demás que, a la vez, sea vida nuestra. Tenemos que "saber materializar la vida espiritual", y tenemos que saber espiritualizar la vida natural, descubriendo el "algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes", en expresiones de San Josemaría Escrivá.

Seguimos a Cristo y somos de Cristo, el Verbo que tomó nuestra carne, que es verdadero Dios y verdadero Hombre. En consecuencia, nosotros también debemos ser muy sobrenaturales y muy humanos. Por eso, la solución al estiaje espiritual de nuestra sociedad o la falta de mordiente espiritual de los sacerdotes tiene menos que ver con otras circunstancias personales de los clérigos; o de los fieles laicos, que también han de ser de Cristo y han de hablar de Cristo, al hilo de su vida y actividad. Esas otras circunstancias personales, aun teniendo su importancia, serían más bien secundarias.

Esta coherencia personal entre vida de fe y naturaleza, junto al oficio ministerial, hace al sacerdote un "experto en humanidad". Así se definió el Papa Pablo VI al comenzar su importante discurso en la sede de Naciones Unidas, ante una asamblea bien heterogénea, por credos y por culturas de quienes la integraban. Allí había católicos, miembros de otras iglesias cristianas, musulmanes, de otras religiones, paganos y agnósticos. Y ésta es la gran riqueza de la fe cristiana: con Cristo se ilumina el misterio de Dios y el misterio del hombre. Sabemos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde hemos de llegar, y también el Camino... ¡No es poco! La sabiduría de dos mil años de la Iglesia rechaza con firmeza el matrimonio de los clérigos, para que sea más profunda su unión e identificación con Cristo. Y para que sea más fecunda su paternidad espiritual, muchos, muchos hijos del Espíritu.

(*) Sacerdote

TRIBUNA por Pedro Rodríguez Mariño (*)

Fuente: Diario de Jerez

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