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domingo, 29 de abril de 2007
Publicado por Tiniebla @ 12:43 | Opinión
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Juan del Río Martín
Obispado de Asidonia - Jerez

Como es ya tradición el IV Domingo de Pascua celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Con ello se nos recuerda que toda vocación al sacerdocio y a la vida consagrada es, ante todo, una gracia que Dios concede a los padres y a la Iglesia local. Así pues, es en el seno de nuestras familias cristianas, parroquias, movimientos, comunidades, asociaciones y cofradías en donde debe brotar la verdadera preocupación para que no falten servidores que atiendan nuestras parroquias ni personas consagradas que sirvan a los pobres. Toda vocación es un misterio y la oración de la comunidad cristiana es la fuerza que mueve el corazón de Dios para que la haga brotar en nuestra diócesis.
Para el próximo curso 2007-2008 tendrá lugar el traslado del Seminario diocesano desde Sevilla a nuestra ciudad. Con ello esta institución estará más cercana a todos los diocesanos y, a la vez, los futuros sacerdotes serán formados por el mismo Presbiterio Asidonense. Esto indica la madurez y la vitalidad de nuestra diócesis que ya cuenta con un nutrido y prestigioso claustro de profesores.
Un hecho que seguramente no dejará indiferente a nadie, creyente o no creyente. Éstos últimos se preguntarán: ¿cómo chicos despabilados, inteligentes, muchos de ellos con carrera civil y con una honda experiencia de mundo, optan por el sacerdocio, por una vida entregada y sacrificada, en tiempos de tanta libertad y bienestar? Ahora ya no vale la excusa fácil de que van al Seminario para poder comer y estudiar. La respuesta, sin duda, está más allá de lo que vemos, se encuentra en Dios, que, a pesar de la innegable sequía vocacional, sigue llamando a personas que dejándolo todo se entreguen a la causa del Evangelio.
Para los creyentes es una esperanza de futuro saber que de su Seminario saldrán los pastores que seguirán enseñando a los niños y mayores la fe, celebrarán los sacramentos, guiarán nuestra vida por el sendero de la caridad. Y lo mismo cabe decir de esos semilleros de vida religiosa, donde se forjan los misioneros y misioneras que irán generosamente adonde nadie querría ir y, que sin embargo por amor a Cristo, ellos permanecen junto a los más necesitados en escenarios de guerra, hambre y marginación. ¡Son el mejor rostro –tantas veces silenciado- de nuestra Iglesia!
Pero, a veces, nos encontramos en nuestras comunidades con la egoísta paradoja de admirar por un lado la generosidad de nuestros jóvenes seminaristas y la heroicidad de nuestros misioneros, y por otro, no desear que esa llamada vocacional se produzca en algún miembro de nuestras familias. En la actualidad el gran obstáculo, precisamente viene en ocasiones por padres o madres acaparadores que creen que Dios les roba a sus hijos. Cuando es todo lo contrario: tener un hijo cura, una hija religiosa o misionera es una bendición de Dios en todos los aspectos de la vida, también en lo humano.
Queridos padres cristianos: no antepongáis vuestros intereses o deseos a los de Dios. ¡No perdéis un hijo, si no que ganáis un afecto especial de Dios y unos intercesores ante el Señor! ¡A Dios nadie le gana en generosidad! ¡Dejad que vuestros hijos e hijas sigan el camino de la consagración. No se lo impidáis! Oremos todos, en cambio, para que el Dios suscite en su Iglesia abundantes vocaciones.

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