De tanto mirar la realidad cotidiana con sus análisis y datos hemos olvidado que la meta de toda vida humana es alcanzar la felicidad. Parece que sabemos mucho de lo que sucede a nuestro alrededor y poco del enigma que somos cada uno de nosotros. Los avances científicos y técnicos de la actualidad dan fragmentos de la realidad, pero el hombre contemporáneo ha perdido el fundamento, que es Dios. Se puede ser un magnifico profesional, haber alcanzado grandes metas, y no haber aprendido el arte de vivir. Ante esto surge muchas preguntas: La fe cristiana ¿ayuda o entorpece la felicidad humana? ¿Es más humana esta vida cuando se niega toda referencia al cielo, a la vida eterna? ¿Puede el hombre prescindir tan fácilmente del anhelo de eternidad que llevamos inscrito en el corazón? Lo que está en juego hoy es hallar el sentido de la vida, de mi propia existencia, sin esto no hay posibilidad de gozo y felicidad. Por muchos «cielos» y «paraísos» artificiales que nos fabrique la sociedad de consumo, ellos no resuelven la razón de porque vivir, solamente distraen, alienan u ofuscan la mente, pero el problema sigue ahí, en el alma de cada persona.
La «crisis de Dios» conlleva «la negación de la vida eterna», si no hay principio ni meta ¿quién sostiene mi vida?: el dinero, la fama, el placer . Pero esto deja insatisfecho al ser humano, aunque este lo disimule y lo enmascare de muchas maneras. Estamos ante la enfermedad de nuestra propia identidad, cuyos síntomas más alarmantes son: el aumento alarmante de suicidios entre la gente joven, el incremento de la violencia en todos los ordenes, el desánimo y la depresión como forma de vida, los sentimientos de soledad a cualquier edad, las esclavitudes de la droga, alcohol y otros. Sin embargo, no podemos contentarnos con la simple descripción de este triste fenómeno de la perdida del sentido de la vida. Ni tampoco esperar mucho del «Papá Estado» que con sus leyes y planes sociales saque al ciudadano de la negritud existencial en que se ve inmerso. Tenemos que actuar todos los segmentos sociales: desde familia, escuela, Iglesia, instituciones, etc.; poniendo de manifiesto todo lo bueno y hermoso que hay en cada persona. El pesimismo y la negatividad no ensanchan el espíritu, no abre los corazones. De ahí, que sea vital recuperar una cultura de amor y respeto a la vida basada en valores superiores que den apoyo y soporte a la existencia humana.
Negar o silenciar el anhelo del Bien Supremo es empobrecer la vida y hacer esclavo al hombre de las cosas por él creadas. Toda la tradición cristiana es un continuo deseo por vivir en el Reino de los Cielos. Salimos de Dios y a Él vamos y mientras caminamos en este «valle de lagrimas», no nos falta las «consolaciones del Señor» que mediante la fe, los sacramentos y la caridad se nos da para nuestra felicidad y salvación. El cristianismo es un sí a la plenitud de la vida (cf. 2Cor 1,18-22). La esperanza de alcanzar el cielo, la felicidad en totalidad, es buena y necesaria; anima en los momentos difíciles a mantenerse firme en la virtud de la fidelidad: «alegraos y regocijaos, porque grande será vuestra recompensa en los cielos» (Mt 5,12). Es decir, «mirar al cielo» no nos saca de este mundo, sino que nos libera de la esclavitud de la inmediatez. Sólo un Dios que «ha bajado de los cielos» nos puede conducir a donde está Él. Por eso, solamente en Cristo, Dios Humanado, la persona encuentra su plenitud y el gozo de vivir con los otros cada día la existencia terrena como inicio y camino hacia la eternidad (cf. Jn 17,3).
JUAN DEL RÍO MARTÍN. OBISPO DE JEREZ
Fuente: La Voz Digital