Me piden desde este Diario que exponga los motivos que me llevaron a elegir el convento del Espíritu Santo como una de las siete maravillas de Jerez, prefiriendo este edificio a otros fenómenos locales (no menos maravillosos) como la vida y visiones de la Madre Peipoch, la Hoyanca, los Bolizas, la Trocha de El Puerto, la Berza, la calle Escuelas o el Gobierno Municipal. Mis razones son de dos tipos: históricas y estéticas. Este monasterio es el más antiguo de Jerez y el primero femenino que hubo en la ciudad. Se ubicó en un gran solar en uno de los márgenes de lo que había sido la medina musulmana, en una zona abrupta cercana al arroyo de Curtidores y que nunca fue muy apetecida por la población. De hecho en la actualidad no hay que ir muy lejos de este lugar para llegar al campo.
El convento ya existía en el siglo XIV y desde antiguo fue conocido por admitir como profesas sólo a doncellas de cierto rango social, de ahí que en otros tiempos fuera conocido como monasterio de las Dueñas, o lo que es lo mismo, de las señoras. Dentro del panorama de los establecimientos religiosos del Jerez de antaño, el Espíritu Santo fue uno de los más prósperos, de ahí que no escatimaran gastos a la hora de encargar obras de arte y que cuando en 1575 se hundió la iglesia del convento, decidieran levantar una nueva. El templo, terminado dos años más tarde, es obra de Bartolomé Sánchez (uno de los tres maestros que intervino en la construcción del Cabildo Viejo) y es una verdadera joya de la arquitectura renacentista. Es pequeño, mínimo y labrado por completo en piedra. Se cubre por tres tramos de bóveda vaída decorada con unas extrañas nervaduras que nos indican que aún por estas fechas había nostálgicos del estilo gótico. A un lado el coro donde hasta hace poco las monjas rezaban las horas canónicas separadas por una reja del resto de los fieles. Al otro el ábside rematado en un cuarto de esfera con forma de concha (avenerado, que diría el pedante) en el que se representa el momento de Pentecostés: en la clave aparece el Espíritu Santo en forma de paloma, y entre las distintas acanaladuras de la bóveda los doce Apóstoles y la Virgen. Un verdadero tesoro y una fiesta para los ojos.
Fuente:
Diario de Jerez