Desde 1981, se considera al obispo diocesano competente para la concesión de la coronación canónica
Ya lo dejó bien claro don Juan del Río Martín el pasado sábado, una vez leído por Joaquín Perea, Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías, el decreto por el que se aprobaba la coronación canónica del Valle; se daban las condiciones apropiadas para conceder la coronación, y era potestad suya el concederla.
Pero no siempre ha sido así. De hecho, hasta hace apenas treinta años las competencias las tenía exclusivamente el Romano Pontífice y el Capítulo de San Pedro. Sin embargo, tras la entrada en vigor del Ritual de 5 de marzo de 1981, se considera también competente al obispo diocesano. Hasta ese momento, estaban en vigor unas normas peculiares para la Coronación tituladas De coronatione Imaginis Beatae Mariae Virginis, que fueron promulgadas por la Sagrada Congregación de los Sacramentos y el Culto Divino en 1973, y que estuvieron vigentes hasta el citado año 1981, en el que se concedió la potestad al ordinario del lugar.
Por tanto, es sólo desde esa fecha cuando se abrieron tres vías diferentes, pero todas igual de válidas, para una coronación canónica. Por un lado están las pontificias, que son las de más alto rango, que necesita de un rescripto otorgado por Su Santidad y que por tanto no están sujetas a las normas litúrgicas que estén en vigor. Curioso es el caso de la capital hispalense, cuya única coronación canónica pontifica corresponde a la Esperanza de Triana.
En un segundo lugar, estarían las concedidas por el Capítulo de San Pedro. La Reverenda Fábrica de San Pedro continúa siendo competente a la hora de conceder esta distinción mariana, aunque es evidente que desde que se aprobaron las competencias diocesanas ha perdido parte de la exclusividad y el privilegio que antes ostentaba. La historia es también clara. El conde Sforza, un noble italiano muy vinculado al Vaticano, cedió en su testamento sus bienes a la Iglesia para que se incentivara la coronación de las imágenes más veneradas de la Virgen, con la única condición de que en la corona se pusiera el escudo de armas de la casa Sforza, como recordatorio perpetuo de sus ayudas a la causa. La Iglesia concedió, amparada en esta idea, privilegios a los católicos que entregaban donativos para costear las obras de la Basílica de San Pedro, y el término de Fábrica de San Pedro vino porque se encargaron las obras de nueva fábrica a Bramante, el famoso arquitecto italiano. Este es el origen real de este tipo de coronaciones, que necesitaba el permiso del Capítulo de San Pedro del Vaticano. Se podía coronar a una imagen en las mismas parroquias, como de hecho hay casos en nuestra región, pero sin este permiso, no tendría siquiera el rango de canónica.
Pues es uniendo todo lo expuesto como se comprenderá la coronación del Valle. Una coronación canónica a todos los efectos, con rango diocesano, no dependiente por tanto de Roma, pero con unas connotaciones muy similares a las establecidas en su momento desde el Vaticano. En su decreto, el obispo de Jerez hace mención a la «antigüedad, intensidad y popularidad de la Virgen del Valle en todo el pueblo de Jerez», primer requisito indispensable para una coronación desde sus orígenes, pero no deja de lado el «gesto de comunión eclesial y de amor a los pobres» con el que la cofradía se distinguirá, reparando los salones de la parroquia de San Rafael y San Gabriel.
Devoción y restitución de la Basílica de San Pedro fueron las condiciones primitivas para una coronación. La misma devoción, y la restauración de unos salones en unas de las zonas más necesitadas de Jerez. Una prueba más de que esta coronación no es un mero capricho, sino una necesidad pastoral evidente.
Fuente:
La Voz Digital